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viernes, 23 de mayo de 2014

Καφές με γάλα

Hoy tuve una visión.
Dos diosas.
La sutileza de una, la candidez de la otra. Dos cuerpos de belleza apabullante y opulenta. En contacto armónico y perfecto, como dos astros en constante órbita. Dos potencias en eterno equilibrio.
Curiosean aquí y allá, pero sin dejar de lado la cortesía. Una domina con sus manos, la otra investiga con inocente pasión. Pero nunca chocando, siempre en perfecto balance.
Los cuerpos desnudos, la piel de ambas como lienzos inabarcables de tersura y calor. De leche y miel. Ying y Yang. Los cabellos, cayendo como explosión de oscuridad en un camino de sinuoso deseo.
Las piernas, sustentando la maravilla de sus torsos. Cintura, vientre, muslos, toda curva posible recorrida en una única caricia. Los pechos, los pechos perfectos, cada uno a su manera. La opulencia inocente y la sutil voluptuosidad, en una orgía de belleza sublime e irreal. El paisaje de las diosas.
A su alrededor todo es borroso. Nubes y seda, en vahos de color. Flotando y fluyendo, en una eterna órbita celeste.
Nunca colisionan. Sólo perduran, en una balanza cósmica de candente ímpetu, que brilla y quema como una estrella en constante explosión. Una explosión tan perfecta y sutil que ya es belleza.
Y en esa estampa de perfecto balance, nunca perturbada, las diosas se aman con caricias, manteniendo el cosmos por siempre en un abrazo eterno.

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