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lunes, 29 de agosto de 2016

La fábrica

fecha original: 15/11/2013


   El Juez bajó del helicóptero tapándose con su capa. No prestó atención a la azotea ni a la guardia que lo rodeaba. Sólo se mantenía cabizbajo y con expresión de malestar.
   -¿Cual es la situación entonces?
   -Un obrero se volvió loco y atacó a varios de sus compañeros.
   -¿Pero estaba drogado o qué?
   -La verdad todavía no tenemos ni idea, señor. Por eso lo llamamos, para que usted decida qué es lo mas conveniente.
   Pasando la puerta de la azotea, escaleras abajo, la fábrica trataba de seguir en movimiento. Las luces fluorescentes realzaban los colores rancios de las paredes de concreto y la herrumbre de las máquinas. Descomponía.
   Desde de la plataforma superior podía apreciarse toda la planta con sus trabajadores. Desde ese pasillo oscuro uno diría que eran como hormiguitas, y no estaría errado.
   El Juez odiaba la fábrica. Todo ahí era gris y feo, y olía a ratas y a miseria. No podía evitar fruncir su nariz aguileña cada vez que entraba ahí. Pero la plata es la plata.
   Un hombrecito de traje salió a su encuentro. El Juez resopló.
   -¿Cómo le va, Eminencia? ¡Qué honor que nos visita!
   -Hola, Sanderson.
   -¿Ya le comentaron todos lo avances que hemos hecho en el área de limpieza?
   -Vaya al grano, Sanderson.
   -Si, Señor, disculpe. Uno de los trabajadores empezó a actuar raro a la mañana. Cuando quisieron llevarlo a la enfermería agarró una llave y atacó a unos cuantos. Todavía no sabemos si fue enajenamiento, drogas o si es un desquiciado. Ahora lo tenemos recluído.
   Saliendo del pasillo oscuro entraron en uno más amplio e iluminado que daba a varias puertas. En una de ellas se leía  "Siena".
   Era una habitación chica. Una mesa, un velador y una cama con un tipo atado. El juez se apoyó en su bastón.
   -¿Nombre?
   -Martín Siena, señor. Es un empleado común y corriente, trabaja en la planta de fabricación de focos.
   -A ver... Martín, ¿no es cierto? ¿Por qué les pegaste a mis obreros, Martín?
   Martín sólo se retorcía y se mataba de risa. La manera en que levantaba la voz no parecía hacerle ningún efecto. El Juez probó tocándolo con su bastón para llamar su atencíon.
   -Ey, te estoy hablando.
   -Estás diciendo que no sabemos cómo pero el bolso con las cabezas se fugó de la prisión del zapatero. Los compactos no se guardan solos, tarado, se apilan como un barro en las bolsas de polietileno expandido.
   -¡Ey! Si me explicás que te pasa capaz no te va tan mal.
   -El mal es verde como la roca pero no como el cordón anglicano que sostiene los polos, no señor. Todavía no tenemos evidencia que susurre al pastor las puritanas de la frontera con Salesman.
   -Me estás haciendo perder la paciencia.
   -Paciencia, necesitamos un poco de azucar en la reverenda vía del--
   Su Eminencia cortó las incoherencias con un golpe de bastón en la cara. Estaba acostumbrado a tener poder, y cuando alguien lo desobedecía se frustraba mucho.
   Como el recluso sólo se mataba de risa le pegó unos cuantos bastonazos mas y se fue refunfuñando.
   -Mire, Sanderson, no tengo tiempo para estas pelotudeces. Así me lo tenga que cagar a trompadas todos los días, usted me averigua qué es lo que quiere este subversivo de mierda ¿estamos?
   -Si, señor.
   El Juez se subió al helicóptero. Su puso a mirar su teléfono mientras se empinaba una botella de whiskey.



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